Secos de tanta lágrima derramada, los ojos de Gualberto vuelven a brillar cada vez que habla de sus 3 nietas y su único nieto varón. Casi como repetir su propia historia con sus 3 hijas mujeres y súnico varón: Daniel.

Gualberto también murió y resucitó transformado en un cristo que arrastra la más pesada de las cruces: Haber perdido a su hijo y no tener siquiera su cuerpo, su tumba para arrimarle una flor y regarla con las últimas lágrimas que le quede a su alma gasta.
En la otra vida Gualberto fue un obrero petrolero. Tuvo una esposa que ahora lo acompaña desde el cielo; hijos y sobrinos que intentan ayudarlo y que también sufren la ausencia de Daniel. Pero sus ojos están solo mirando el horizonte, esperando ese día en que los restos de su hijo le permitan hacer el necesario duelo. Volver a gemir, echar fuera el dolor a fuerza de apretar los puños y darle a curso a las pequeñas convulsiones de un llanto suave con el que siempre se despide a los seres queridos. ¿Estará cerca ese día? Nadie lo sabe.
En su nuevo nacimiento, con un cielo sin luces y un camino de espinas, se cae y se levanta proque al fin es un Cristo que lo mueve el amor, ese amor que sólo los hijos pueden despertar en el corazón de un padre.
En la charla distendida con Marcos y Sergio, los periodistas de canal 10 y el diario Río Negro, que registraron en video para sus medios, Gualberto le pone más gestos que palabras al encuentro. Es su estilo. Como queriendo no romper el silencio que lo habita desde afuera para poder escuchar las muchas voces que lo llenan desde adentro, Gualberto se anima y recuerda a su Daniel. El deportista, el arquero infranqueable del club de su pueblo. El chico sencillo cuyo sueño y esfuerzo estaba puesto en poder comprarse una moto “igual a la del papi” pero con su plata. Y recuerda que Daniel habái terminado la secundaria en un país injusto que no tiene oportunidades para sus jóvenes. Y se acuerda que trabajaba de albañil pero lo dejaron sin trabajo y decidió volver a Río Negro a hacer el raleo y después la cosecha y llegar a la soñada moto.
No lo dice, pero uno intuye en su mirada que baja, que por dentro hay una voz que le dice: Si lo hubiéramos convencido de que no viaje, la historia sería distinta. Y vuelve a adornar el silencio con su tono de hablar bajo y su acento salteño.
Es entonces que ante la pregunta de sus interlocutores reconoce que ha hecho familia en Valle Medio. Y los nombres no importan, aunque ensaya unos cuantos. Importa que al peso de su cruz lo aliviana el afecto. Y los afectos son como el sol, están en todos lados. Por eso asoma una tierna sonrisa cuando habla de sus nietos. Esos a los que dejó allá lejos y ahora entiende, que esas risas agudas que vuelan allá en Salta, son el precio a pagar por no abandonar a Daniel tan lejos, en el sur. Ahora sabe que valió la pena. Por que el 24 de enero, la noche anterior a iniciar las tareas en el jagüel, en ese territorio misterioso de los sueños, apareció Daniel, para pedirle que no lo deje.-

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